viernes, 11 de marzo de 2011

EL GRANO DE ARROZ

(Cuento Sufie)

(Ilustración: Selma Madine

Fuente: Internet)

Había una vez un hombre muy rico en Estambul que un año decidió monopolizar todo el arroz del mercado. Una vez que los granjeros hubieron terminado su cosecha, envió a sus sirvientes a las puertas de la ciudad. Allí compraron el arroz de los campesinos y lo transportaron a los almacenes que había alquilado su señor.

Ni un grano de la cosecha de arroz de aquel año consiguió llegar al mercado. El hombre rico se imaginaba que podría ganar una fortuna con su monopolio. Una vez guardado todo el arroz, nuestro hombre decidió visitar los almacenes. El grano era almacenado de acuerdo con su tipo y calidad. El más refinado se guardaba en una esquina de la última nave. Esta era la mejor variedad: Había sido plantada en el mejor suelo y había recibido la cantidad óptima de sol y de agua.

Cuando el hombre vio este arroz, cuyos granos eran dos veces más grandes que los normales, decidió llevarse algunos a casa para la cena.
Aquella noche, su cocinero le agasajó con un plato de aquel arroz maravilloso, excelentemente cocinado con mantequilla y especias. Pero nada más tomar la primera cucharada, el arroz se le atascó en la garganta. No podía ni tragarlo ni escupirlo. Probaron a extraerlo de mil modos, pero todo fue en vano. Finalmente, llamaron al médico de la familia. El doctor hurgó y empujó todo lo que pudo, pero no consiguió desatascar el arroz. Al fin, dijo:


- Me temo que hará falta una traqueotomía. Es una operación simple. Le cortaremos la garganta y sacaremos el arroz directamente.


Al hombre le espantaba la idea de que le cortaran la garganta, así que decidió consultar a un otorrinolaringólogo. Desgraciadamente, el especialista le recomendó la misma operación. Entonces el hombre se acordó del sheij sufí que había sido el consejero espiritual de la familia durante años y que tenía fama de tener poderes curativos. El sheij le dijo:


- Sí, sé como puedes curar tu mal, pero tienes que hacer exactamente lo que te diga. Mañana coge un avión y vete a San Francisco. Toma un taxi para ir al Hotel St. Francisco, sube a la habitación 301, gira a tu izquierda y las cosas se resolverán.

Por la reputación del sheij y también porque hubiera hecho cualquier cosa para que no le cortasen la garganta, nuestro hombre cogió un avión con destino a San Francisco. Se sentía terriblemente incómodo con el arroz atascado en la garganta. Le resultaba difícil respirar y apenas podía tragar un poco de agua de vez en cuando.


Una vez en San Francisco, el hombre se fue de inmediato al Hotel St. Francisco y subió a la habitación 301. Hasta aquí todo iba bien. Por lo menos el hotel y la habitación que el sheij había especificado estaban allí. Llamó a la puerta, que estaba entornada, y esta se abrió un poco. Al asomarse, vio un hombre dormido en la cama, roncando suavemente. De pronto el hombre rico estornudó. Con aquel estornudo, el arroz fue expulsado de su boca y fue a parar a la boca del hombre que dormía, quien lo tragó automáticamente, mientras se despertaba.
Tras despertarse, el huésped del hotel exclamó en turco:


- ¿Qué sucede? ¿Quién es usted?.


Maravillado al encontrarse un compatriota en San Francisco, el hombre rico le contó toda la historia. Ambos estaban asombrados por lo que había ocurrido. Al fin, resultó que el desconocido no solo era de Estambul, sino que también vivía en el mismo barrio que el hombre rico.


Cuando volvió a casa, nuestro hombre fue inmediatamente a visitar al sheij. Este le explicó que el arroz que había tratado de comer no estaba destinado para él, sino para la persona que finalmente lo había tragado. Por eso se había quedado atascado en su garganta: porque aquel arroz no formaba parte de su destino. La única solución era hacerlo llegar a la persona para la que realmente estaba destinado. Al fin, el sheij recalcó con gran énfasis:

- Recuerda, cualquier cosa que esté destinada para ti te llegará. Y cualquier cosa que esté destinada para otros forzosamente les llegará también.


El hombre rico regresó a su casa y pensó largamente sobre su experiencia y sobre lo que el sheij había dicho. A la mañana siguiente, ordenó que abrieran sus almacenes y que distribuyeran todo el arroz entre los pobres de Estambul.


Lo que está destinado para ti, y esto incluye tanto beneficios materiales como espirituales, tiene necesariamente que llegarte. Puede que tenga que recorrer todo el camino desde Estambul a San Francisco, o incluso dar un rodeo más amplio, pero te llegará.

3 comentarios:

Juan G. Silver dijo...

Son cuentos muy bonitos. Ok.

Pecos y Pequitas dijo...

Muchas gracias Juan, cuentos populares del mundo para todos!!! saludos,

Pecos y Pequitas dijo...

Muchas gracias Juan, cuentos populares del mundo para todos!!! saludos,