viernes, 1 de septiembre de 2017

LA PRINCESA ENCANTADA
(Cuento popular de Bulgaria)
(Ilustración - Fuente : Internet)




Un caballero andaba por el mundo en busca de aventuras y un día se encontró en su camino con cuatro animales, un león, un galgo, un águila y una hormiga, disputándose una fiera recién muerta que habían encontrado en mitad del campo.
Como no se ponían de acuerdo, luego que vieron llegar al caballero le pidieron que repartiese la fiera entre ellos y que se atendrían a su decisión, porque era la única manera de tener la fiesta en paz. El caballero aceptó, sacó su espada, troceó la fiera de la manera que le pareció más conveniente y la repartió entre los cuatro y a todos les pareció bien. Al águila le dio las tripas, al león las nalgas, al galgo las costillas y a la hormiga el lomo. Hecho lo cual, se dispuso a seguir su camino.
Pero, antes de que partiese, los animales hablaron con él porque, como les había resuelto la disputa, estaban agradecidos al caballero. Y le dijo el león:

-Aquí te doy un pelo de mi cabeza. Llévalo siempre contigo y cuando necesites convertirte en león no tienes más que decir: «Dios y león», y león serás.

Y cuando quieras volver a ser hombre dirás: «Dios y hombre».
Entonces el águila le dio una de sus plumas y le dijo:

-Toma esta pluma y llévala siempre contigo y cuando necesites convertirte en águila dices: «Dios y águila», y águila serás. Y cuando quieras volver a ser hombre dirás: «Dios y hombre».

La hormiga estuvo pensando acerca de qué le concedería y, al final, se arrancó una de sus antenas y le dijo:

-Yo no sabía qué darte, porque todo me es necesario, pero aunque me quede mocha, toma esta antena y cuando necesites volverte hormiga, di: «Dios y hormiga». Y para volver a ser hombre dirás: «Dios y hombre».

El galgo también se arrancó un pelo y le dijo, como los demás, que cuando necesitara ser galgo, dijera:

«Dios y galgo»; y para volver a ser hombre: «Dios y hombre».

Después de recibir todos estos regalos, el caballero se puso en camino más contento que nada porque pensaba que con semejantes regalos sus aventuras, cuando las tuviese, le harían famoso. Y pensando en estas cosas, llegó a un palacio donde se decía que vivía un gigante que guardaba a una princesa a la que había secuestrado y a la que nadie podía ver. Pero el caballero se acercó y vio a la princesa asomada al único balcón del palacio y resolvió acercarse a hablar con ella. Y ella le advirtió en seguida:

-Aléjese usted, porque si el gigante le ve se lo comerá, que es un gigante feroz.

El caballero no tuvo miedo y se acercó aún más hasta quedar justo al pie del balcón y le preguntó por su historia a la princesa.
La princesa le contó que allí vivía un gigante que la tenía encerrada para que nadie pudiera conocerla excepto él. El caballero le dijo que estaba dispuesto a sacarla de allí si aceptaba casarse con él y ella le dijo que sabía la manera de vencer al gigante pero que el gigante la mataría si revelaba su secreto.

El caballero insistió ansioso una y otra vez que le revelara el secreto y, al ver cuánta era su disposición, la princesa le dijo:

-Mira, yo sé que el gigante morirá solamente cuando se rompa un huevo que tiene muy bien guardado dentro del palacio. Y cuando él muera yo seré libre. Pero no sé dónde guarda el huevo y, además, el gigante es brujo.

En esto, se oyeron chirriar las puertas del palacio sobre sus goznes y vieron que el gigante salía y se dirigía hacia ellos.
Y el caballero dijo:

-Dios y hormiga -y se convirtió en hormiga, de modo que el gigante no le pudo ver.

La hormiga trepó por la torre, se metió en el cuarto de la princesa y esperó a que todos se acostasen en el palacio. Y cuando sucedió esto, se volvió hombre y despertó a la princesa, que se quedó muy admirada de verlo en su habitación. Y así estuvieron el caballero y la princesa pensando, durante tres días con sus noches, en la manera de encontrar el huevo. Y a los tres días, volvió el gigante, que había ido a atender unos asuntos, con un puercoespín en cuyo interior había guardado el huevo. Y nada más entrar en el palacio, el gigante dijo:

-Huelo a carne humana -por el caballero; y echó al puercoespín a que lo buscara. Y el caballero, cuando vio venir al puercoespín, dijo:

-Dios y león.

Y se convirtió en león y pelearon el león y el puercoespín, que estaba lleno de temibles púas, pero, cuando el león ya le iba venciendo, el puercoespín se convirtió en liebre y escapó a todo correr. Entonces el caballero se volvió hombre y dijo esta vez:

-Dios y galgo.

Salió el galgo corriendo tras la liebre y después de una agotadora carrera la liebre, viendo que el galgo estaba a punto de alcanzarla, se volvió paloma y salió volando. El caballero, que la vio echar a volar, se volvió hombre y dijo:

-Dios y águila.

Salió como águila tras la paloma y la atrapó al vuelo; y volvió a tierra, se convirtió otra vez en hombre, abrió la paloma con su cuchillo y allí encontró el huevo que buscaba.
El gigante, que como era brujo sentía la suerte del puercoespín en su propia entraña, había empezado a desfallecer y se dirigió a buscar a la princesa para hacerle un mal de encantamiento, pero entonces llegó el caballero portando el huevo que contenía la vida del gigante
en su mano diestra y acercándose valientemente a él lo estrelló en su cabeza y el huevo se rompió y el gigante murió. Y cuando moría, se volvió a la princesa y le dijo:

-Yo, que te amaba, te conté mi secreto. Y ahora tú lo has contado y me has matado.

Entonces el caballero tomó a la princesa en sus brazos y la sacó del palacio como le había prometido y ella cumplió también la promesa que le había dado y se casó con él.

Fin.
LAS TRES NARANJITAS
(Cuento popular español)
(Ilustración - Fuente: Internet)

Érase una vez un hijo de rey que andaba buscando las tres naranjitas del amor. Las buscaba a caballo por todos los jardines que se encontraba, pero no había conseguido dar con ellas. Cuando preguntaba, en unos sitios le decían que nunca las habían visto y en otros que sí, pero que ya no quedaba ninguna; y él seguía buscando sin desmayo, hasta que un día llegó a otro jardín, donde salió a recibirle un jardinero y a él, como a todos los que encontrara anteriormente, le preguntó:

-¿Tiene usted noticia de las tres naranjitas del amor?

Y el jardinero le contestó:

-Sí que tengo, que hay tres en el árbol.

El hijo del rey no cupo en sí de gozo y se las compró y se fue con ellas.
Pero el camino de vuelta era muy largo, pues se había alejado mucho en la búsqueda, y al cabo de tanto cabalgar, el hijo del rey tuvo sed y decidió abrir una de las naranjitas; y cuando la abrió se encontró con que era una muchacha con un niño en brazos. La muchacha era muy hermosa y llevaba el pelo suelto y le dijo al hijo del rey:

-¿Tienes agua para lavarme, peine para peinarme y paño para secarme?

-No los tengo -dijo el hijo del rey.

Entonces la muchacha se convirtió en paloma y se marchó volando con el niño.
El hijo del rey quedó entristecido y guardó cuidadosamente las otras dos naranjas jurándose no volver a hacer uso de ellas hasta llegar a palacio; pero el camino era tan largo que la sed pudo más que él y decidió abrir la segunda naranja.
Cuando la abrió, apareció una muchacha aún más hermosa que la anterior, con un niño en brazos y el pelo suelto, que le dijo:

-¿Tienes agua para lavarme, peine para peinarme y paño para secarme?

-No los tengo -dijo el hijo del rey, y la muchacha se convirtió en paloma y echó a volar llevándose con ella al niño.

El hijo del rey se llenó de pesadumbre y estaba aún más triste que antes, pero siguió cabalgando con la esperanza de llegar pronto al palacio. Y estando de camino le ocurrió que llegó a un lugar donde le vendieron una vasija, un peine y un paño para secar.
Y otra vez tuvo mucha sed y se hallaba todavía a mucha distancia del castillo, pero esta vez encontró una fuente y bebió de ella. Y cuando hubo saciado la sed le entró una curiosidad irresistible por ver qué contenía la tercera naranja; así que la abrió y salió otra muchacha, ésta aún más bella que las anteriores, con un niño en brazos, que le dijo:

-¿Tienes agua para lavarme, peine para peinarme y paño para secarme?

Y el hijo del rey le dijo que sí, y le ofreció agua de la fuente en la vasija, el peine y el paño. Entonces ella le dijo:

-Pues contigo me he de casar.

Entonces el hijo del rey le dijo que él debía adelantarse a palacio para hablar con sus padres y preparar la boda y, apenas tuviera dadas las órdenes, volvería por ella para llevarla consigo. Y a ella le pareció bien y quedó esperando junto a la fuente.
Al cabo del rato llegó a la fuente una mujer mayor con un cántaro a recoger agua y al mirar al agua vio reflejado el rostro de la muchacha y creyendo que era el suyo se decía:

-Siendo yo tan guapa ¿por qué he de venir a recoger agua?

Hasta que vio a la muchacha y se enfadó a causa del engaño y le dijo a la muchacha:

-Baja, muchacha, que yo he de peinarte.

-No, no -decía la muchacha-, que ya estoy peinada.

Pero tanto porfiaba la mujer que al fin bajó y la otra, que era una bruja, empezó a peinarla y en éstas extrajo un alfiler de su bolso y se lo clavó en la cabeza.
Y nada más clavarle el alfiler, la muchacha se volvió paloma y echó a volar, pero dejándose el niño.
Entonces la mujer cogió al niño y se sentó a esperar al hijo del rey.
Volvió por fin el hijo del rey y se extrañó de ver a aquella mujer vieja y fea y le dijo:

-Con lo guapa que eras ¿cómo te has vuelto fea y arrugada?

-Pues ha sido del sol y del aire, pero soy la de siempre.Ya se me quitará y me quedaré como antes.

El hijo del rey se la llevó a palacio, pero no estaba nada convencido y ya no le gustaba aquella mujer a la que había dado su palabra. 
Y resultó que la paloma llegó un día al jardín del palacio y estaba revoloteando por allí cuando apareció el jardinero, y dirigiéndose a él, le preguntó:

-¡Jardinero del rey! ¿Cómo le va al niño con la reina mora?

Y el jardinero le contestó:

-Unas veces canta, otras veces llora.

Y la paloma dijo, levantando el vuelo:

-¡Y su triste madre por los campos sola!

Así sucedió un día y otro día hasta que el jardinero, extrañado, se lo dijo al hijo del rey y éste le encargó que preparase un lazo y atrapara a la paloma.
Y dicho y hecho, al otro día el jardinero se presentó con la paloma.
El hijo del rey la tomó en sus manos y la vio tan entristecida que comenzó a acariciarla; y la reina mora, su esposa, le decía:

-Déjala volar, deja que se vaya.

Pero el hijo del rey contestaba:

-No, no, pobre paloma.

Y le acariciaba la cabeza. Y al acariciársela, la paloma temblaba de dolor. Y volvió a acariciarle la cabeza y volvió a temblar de dolor, y así otras veces más ante la irritación de la reina mora.
Hasta que el hijo del rey dijo, palpándole la cabeza a la paloma:

-Pues ¿qué tiene aquí?, porque había topado con algo duro y, mirándolo bien, vio que era una cabeza de alfiler; tomándola con dos dedos, se la arrancó y en ese mismo momento se convirtió en la bella muchacha que había dejado en la fuente y la muchacha le contó todo lo que había sucedido. Y el rey casi se desmayó al saber que había estado haciendo vida con una bruja, pero en seguida la mandó prender, la sacaron al patio, cortaron mucha leña y allí mismo la quemaron.
De este modo el hijo del rey pudo casarse al fin con la muchacha y todos vivieron felices.

Fin.

martes, 27 de junio de 2017


LOS SIETE CONEJOS BLANCOS
(Cuento popular español)
(Ilustración - Fuente : Internet)




Había una vez un rey que tenía una hija muy hermosa a la que amaba con todo su corazón. Su esposa, la reina, había educado con mucho cariño y atención a la princesa y le había enseñado a coser y bordar de manera primorosa, por lo que la princesa disfrutaba muchísimo haciendo toda clase de labores.

La habitación de la princesa tenía un balcón que daba al campo. Un día se sentó a coser en él, como solía hacer a menudo; entre puntada y puntada contemplaba los magníficos campos que se extendían ante el castillo, los bosques y las colinas, cuando, de pronto, vio venir a siete conejos blancos que hicieron una rueda bajo su balcón. Estaba tan entretenida y admirada observando a los conejos que, en un descuido, se le cayó el dedal; uno de los conejos lo cogió con la boca y todos deshicieron la rueda y echaron a correr hasta que los perdió de vista.

Al día siguiente volvió a ponerse a coser en el balcón y, al cabo del rato, vio que llegaban los siete conejos blancos y que formaban una rueda bajo ella. Y al inclinarse para verlos mejor, a la princesa se le cayó una cinta, la cogió uno de los conejos con la boca y todos echaron a correr otra vez hasta que se perdieron de vista.

Al día siguiente volvió a ocurrirle lo mismo, pero esta vez lo que perdió fueron las tijeras de costura.
Y después de las tijeras fueron un carrete de hilo, un cordón de seda, un alfiletero, una peineta... Y a partir de entonces los conejos ya no volvieron a aparecer más.

Como los conejos ya no volvían, por más que ella saliera todos los días al balcón, la princesa acabó enfermando de tristeza y la metieron en cama y sus padres creyeron que se moría. Pero el rey la quería tanto que mandó llamar a los médicos más famosos, y cuando éstos confesaron que no sabían qué clase de enfermedad tenía la princesa, mandó echar un pregón anunciando que la princesa estaba enferma de una enfermedad desconocida y que cualquier persona que tuviera confianza en poder curarla acudiera de inmediato a palacio; y a quien la curase le ofrecía, si era mujer, una gran cantidad de dinero, y si era hombre sin impedimento para casarse, la mano de su hija.

Mucha gente acudió al pregón del rey, pero nadie supo curar
 a la princesa, que languidecía sin remedio.
Un día, una madre y una hija que vivían en un pueblo cercano, determinaron acercarse a palacio para ver si lograban curar a la princesa, pues ambas se dedicaban a la herboristería y confiaban en que, con su conocimiento de todas las plantas del reino, alguna fórmula encontrarían para poderla sanar. Conque se pusieron en camino.

Iban de camino cuando decidieron ganar tiempo tomando un atajo; y cuando iban por el atajo, decidieron hacer un alto para comer y descansar un poco. Pero quiso la suerte que, al sacar el pan, se les cayera rodando por la loma en cuyo alto habían tomado asiento y las dos, sin dudarlo, corrieron tras él hasta que lo vieron caer dentro de un agujero que había al pie de la loma. Llegaron hasta él y, al agacharse para recuperarlo, vieron que el agujero comunicaba con una gran cueva que estaba iluminada por dentro. 

Mirando por el agujero, vieron una mesa puesta con siete sillas y, poco tiempo después, vieron a siete conejos blancos que entraron en la cueva y, quitándose el pellejo, se convirtieron en siete príncipes y los siete se sentaron alrededor de la mesa.

Entonces oyeron a uno de ellos decir, mientras cogía un dedal de la mesa:

-Éste es el dedal de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!

Y a otro:

-Ésta es la cinta de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!

Y a otro:

-Éstas son las tijeras de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!

Y así sucesivamente, uno tras otro, hasta hablar los siete.
Las dos mujeres se retiraron prudentemente y sin hacer ruido, pero antes de alejarse se fijaron en que no lejos del agujero había una puerta muy bien disimulada entre la maleza.

Entonces se apresuraron a llegar a palacio y, una vez allí, pidieron ver a la princesa. La princesa estaba acostada y ya no deseaba ver a nadie más, pero las dos mujeres empezaron a hablar con ella y le contaron quiénes eran y a qué se dedicaban y, por fin, le contaron el viaje que habían hecho y, contándole el viaje, le relataron la misteriosa escena de la cueva y los siete conejos blancos.

En este punto, la princesa se enderezó en su cama y pidió que le trajeran algo de comer. Y el rey, al enterarse, fue inmediatamente a su habitación muy contento, pues era la primera vez que la princesa quería comer desde que cayera enferma.

-Padre -le dijo la princesa-, ya me voy a curar, pero me tengo que ir con estas señoras.

-¡Eso no puede ser! -protestó el rey-. ¡Aún estás demasiado débil!

-Pues así ha de ser -dijo la princesa, obstinada.

Y el rey comprendió que no tenía más remedio que ceder y ordenó que preparasen su coche.
Partieron en seguida las tres y, a la mitad del camino, allí donde las mujeres le dijeran, la princesa ordenó detener el coche y las tres se apearon para buscar la cueva, que se hallaba bastante apartada del camino. Por fin llegaron al agujero y a la puerta disimulada y miraron por uno y otra, pero no veían nada y la noche comenzaba a echárseles encima en aquel paraje. Tanto oscureció que las tres acordaron volver al día siguiente a la misma hora con la esperanza de tener mejor fortuna, cuando, de pronto, vieron que se iluminaba el interior de la cueva y vieron también a los siete conejos blancos, que se despojaban de sus pellejos y se convertían en príncipes.

Los siete se sentaron a la mesa y volvieron a repetir lo que las dos mujeres ya habían oído:

-Éste es el dedal de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!
Y el siguiente:

-Ésta es la cinta de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!
Hasta el último:

-Ésta es la peineta de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!

Entonces la princesa dio un empujón a la puerta, entró y dijo:

-Pues aquí me tenéis.

Y escogió al que más le gustaba de todos; y a las dos mujeres que tanto la habían ayudado y a los otros seis príncipes les pidió que la acompañaran al palacio porque todos quedaban invitados a la boda.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.


Fin.

domingo, 28 de mayo de 2017

LOS BUENOS AMIGOS
(cuento popular Chino)
(Ilustración: Aida Zamora - Fuente: Internet)



Cuentan que hace mucho tiempo en un bosque  hubo una nevada terrible. Había bajado la temperatura muchísimo y los campos estaban blancos por al caida de tanta nieve.

Un conejito, que vivía en ese bosque,  no tenía nada para comer, así que decidió salir a buscar alimentos. Abrió la puerta de su casa y ve todo blanco, hace mucho frío.

El conejito recuerda que aún habían sembradas algunas zanahorias en su pequeña huerta. Después de mucho buscar encuentra dos zanahorias grandes. Las sacude, las olisquea y se come una.  Estaba satisfecho. 

Cuando vuelve a casa  con la zanahoria que le quedaba pensó: “Tal vez la pueda guardar”, pero entonces recordó a su amigo el caballo. “Toda la noche nevó y seguro no encontró qué comer”, se dijo y decidió ir  a su casa a darle la zanahoria.

Cuando el conejito llegó a la casa del caballo tocó la puerta y gritó:

-¡Caballo, abre, te he traído una zanahoria!

Pero el caballo no estaba en su casa. El conejo  dejó la zanahora en la puerta y se fue a su casa.

Cuando el caballo llegó a su casa vió la zanahora en la puerta y dijo:

-       ¿Pero quién habrá dejado esta zanahoria aquí?

Revisa a su alrededor y ve las huellas del conejito por todo el lugar.
- Qué bueno amigo tengo- se dijo el caballo- seguro que mi amigo el conejo dejó esto para comer. Pero… yo ya comí…mejor le llevo esta zahanora a la oveja que debe estar hambrienta.

Cuando el caballo llegó a la casa de la oveja tocó la puerta y gritó:

- ¡Oveja, abre, te he traído una zanahoria!

Pero la oveja no estaba en su casa. El caballo  dejó la zanahora en la puerta y se fue a su casa.

Cuando la oveja llegó a su casa vió la zanahora en la puerta y dijp:

- ¿Pero quién habrá dejado esta zanahoria aquí?

Revisa a su alrededor y ve las huellas del caballo por todo el lugar.

- Qué buen amigo tengo- se dijo la oveja- seguro que mi amigo el caballo me dejó esto para comer. Pero… yo ya comí…mejor le llevo esta zahanora al venado que debe estar hambriento.

Cuando la oveja llegó a la casa del venado tocó la puerta y gritó:

- ¡Venado, abre, te he traído una zanahoria!

Pero el venado no estaba en su casa. La oveja  dejó la zanahora en la puerta y se fue a su casa.

Cuando el venado llegó a su casa vió la zanahora en la puerta y dijo:

- ¿Pero quién habrá dejado esta zanahoria aquí?

Revisa a su alrededor y ve las huellas de la oveja por todo el lugar.

- Qué bueno amigo tengo- se dijo el el venado- seguro que mi amiga la oveja me dejó esto para comer. Pero.. yo ya comí…mejor le llevo esta zahanora al conejito que debe estar hambriento.

Cuando el venado llega a la casa del conejo tocó la puerta y gritó

- ¡Conejo, abre, te he traído una zanahoria!

Pero el conejo no estaba en su casa. El venado dejó la zanahoria en la puerta y se fue a la su casa.

Cuanod el conejito llegó a su casa vió la zanahoria en la puerta y dijo:

-  ¡Ay! Qué  buenos amigos tengo.


Fin.