martes, 27 de junio de 2017


LOS SIETE CONEJOS BLANCOS
(Cuento popular español)
(Ilustración - Fuente : Internet)




Había una vez un rey que tenía una hija muy hermosa a la que amaba con todo su corazón. Su esposa, la reina, había educado con mucho cariño y atención a la princesa y le había enseñado a coser y bordar de manera primorosa, por lo que la princesa disfrutaba muchísimo haciendo toda clase de labores.

La habitación de la princesa tenía un balcón que daba al campo. Un día se sentó a coser en él, como solía hacer a menudo; entre puntada y puntada contemplaba los magníficos campos que se extendían ante el castillo, los bosques y las colinas, cuando, de pronto, vio venir a siete conejos blancos que hicieron una rueda bajo su balcón. Estaba tan entretenida y admirada observando a los conejos que, en un descuido, se le cayó el dedal; uno de los conejos lo cogió con la boca y todos deshicieron la rueda y echaron a correr hasta que los perdió de vista.

Al día siguiente volvió a ponerse a coser en el balcón y, al cabo del rato, vio que llegaban los siete conejos blancos y que formaban una rueda bajo ella. Y al inclinarse para verlos mejor, a la princesa se le cayó una cinta, la cogió uno de los conejos con la boca y todos echaron a correr otra vez hasta que se perdieron de vista.

Al día siguiente volvió a ocurrirle lo mismo, pero esta vez lo que perdió fueron las tijeras de costura.
Y después de las tijeras fueron un carrete de hilo, un cordón de seda, un alfiletero, una peineta... Y a partir de entonces los conejos ya no volvieron a aparecer más.

Como los conejos ya no volvían, por más que ella saliera todos los días al balcón, la princesa acabó enfermando de tristeza y la metieron en cama y sus padres creyeron que se moría. Pero el rey la quería tanto que mandó llamar a los médicos más famosos, y cuando éstos confesaron que no sabían qué clase de enfermedad tenía la princesa, mandó echar un pregón anunciando que la princesa estaba enferma de una enfermedad desconocida y que cualquier persona que tuviera confianza en poder curarla acudiera de inmediato a palacio; y a quien la curase le ofrecía, si era mujer, una gran cantidad de dinero, y si era hombre sin impedimento para casarse, la mano de su hija.

Mucha gente acudió al pregón del rey, pero nadie supo curar
 a la princesa, que languidecía sin remedio.
Un día, una madre y una hija que vivían en un pueblo cercano, determinaron acercarse a palacio para ver si lograban curar a la princesa, pues ambas se dedicaban a la herboristería y confiaban en que, con su conocimiento de todas las plantas del reino, alguna fórmula encontrarían para poderla sanar. Conque se pusieron en camino.

Iban de camino cuando decidieron ganar tiempo tomando un atajo; y cuando iban por el atajo, decidieron hacer un alto para comer y descansar un poco. Pero quiso la suerte que, al sacar el pan, se les cayera rodando por la loma en cuyo alto habían tomado asiento y las dos, sin dudarlo, corrieron tras él hasta que lo vieron caer dentro de un agujero que había al pie de la loma. Llegaron hasta él y, al agacharse para recuperarlo, vieron que el agujero comunicaba con una gran cueva que estaba iluminada por dentro. 

Mirando por el agujero, vieron una mesa puesta con siete sillas y, poco tiempo después, vieron a siete conejos blancos que entraron en la cueva y, quitándose el pellejo, se convirtieron en siete príncipes y los siete se sentaron alrededor de la mesa.

Entonces oyeron a uno de ellos decir, mientras cogía un dedal de la mesa:

-Éste es el dedal de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!

Y a otro:

-Ésta es la cinta de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!

Y a otro:

-Éstas son las tijeras de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!

Y así sucesivamente, uno tras otro, hasta hablar los siete.
Las dos mujeres se retiraron prudentemente y sin hacer ruido, pero antes de alejarse se fijaron en que no lejos del agujero había una puerta muy bien disimulada entre la maleza.

Entonces se apresuraron a llegar a palacio y, una vez allí, pidieron ver a la princesa. La princesa estaba acostada y ya no deseaba ver a nadie más, pero las dos mujeres empezaron a hablar con ella y le contaron quiénes eran y a qué se dedicaban y, por fin, le contaron el viaje que habían hecho y, contándole el viaje, le relataron la misteriosa escena de la cueva y los siete conejos blancos.

En este punto, la princesa se enderezó en su cama y pidió que le trajeran algo de comer. Y el rey, al enterarse, fue inmediatamente a su habitación muy contento, pues era la primera vez que la princesa quería comer desde que cayera enferma.

-Padre -le dijo la princesa-, ya me voy a curar, pero me tengo que ir con estas señoras.

-¡Eso no puede ser! -protestó el rey-. ¡Aún estás demasiado débil!

-Pues así ha de ser -dijo la princesa, obstinada.

Y el rey comprendió que no tenía más remedio que ceder y ordenó que preparasen su coche.
Partieron en seguida las tres y, a la mitad del camino, allí donde las mujeres le dijeran, la princesa ordenó detener el coche y las tres se apearon para buscar la cueva, que se hallaba bastante apartada del camino. Por fin llegaron al agujero y a la puerta disimulada y miraron por uno y otra, pero no veían nada y la noche comenzaba a echárseles encima en aquel paraje. Tanto oscureció que las tres acordaron volver al día siguiente a la misma hora con la esperanza de tener mejor fortuna, cuando, de pronto, vieron que se iluminaba el interior de la cueva y vieron también a los siete conejos blancos, que se despojaban de sus pellejos y se convertían en príncipes.

Los siete se sentaron a la mesa y volvieron a repetir lo que las dos mujeres ya habían oído:

-Éste es el dedal de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!
Y el siguiente:

-Ésta es la cinta de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!
Hasta el último:

-Ésta es la peineta de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!

Entonces la princesa dio un empujón a la puerta, entró y dijo:

-Pues aquí me tenéis.

Y escogió al que más le gustaba de todos; y a las dos mujeres que tanto la habían ayudado y a los otros seis príncipes les pidió que la acompañaran al palacio porque todos quedaban invitados a la boda.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.


Fin.

domingo, 28 de mayo de 2017

LOS BUENOS AMIGOS
(cuento popular Chino)
(Ilustración: Aida Zamora - Fuente: Internet)



Cuentan que hace mucho tiempo en un bosque  hubo una nevada terrible. Había bajado la temperatura muchísimo y los campos estaban blancos por al caida de tanta nieve.

Un conejito, que vivía en ese bosque,  no tenía nada para comer, así que decidió salir a buscar alimentos. Abrió la puerta de su casa y ve todo blanco, hace mucho frío.

El conejito recuerda que aún habían sembradas algunas zanahorias en su pequeña huerta. Después de mucho buscar encuentra dos zanahorias grandes. Las sacude, las olisquea y se come una.  Estaba satisfecho. 

Cuando vuelve a casa  con la zanahoria que le quedaba pensó: “Tal vez la pueda guardar”, pero entonces recordó a su amigo el caballo. “Toda la noche nevó y seguro no encontró qué comer”, se dijo y decidió ir  a su casa a darle la zanahoria.

Cuando el conejito llegó a la casa del caballo tocó la puerta y gritó:

-¡Caballo, abre, te he traído una zanahoria!

Pero el caballo no estaba en su casa. El conejo  dejó la zanahora en la puerta y se fue a su casa.

Cuando el caballo llegó a su casa vió la zanahora en la puerta y dijo:

-       ¿Pero quién habrá dejado esta zanahoria aquí?

Revisa a su alrededor y ve las huellas del conejito por todo el lugar.
- Qué bueno amigo tengo- se dijo el caballo- seguro que mi amigo el conejo dejó esto para comer. Pero… yo ya comí…mejor le llevo esta zahanora a la oveja que debe estar hambrienta.

Cuando el caballo llegó a la casa de la oveja tocó la puerta y gritó:

- ¡Oveja, abre, te he traído una zanahoria!

Pero la oveja no estaba en su casa. El caballo  dejó la zanahora en la puerta y se fue a su casa.

Cuando la oveja llegó a su casa vió la zanahora en la puerta y dijp:

- ¿Pero quién habrá dejado esta zanahoria aquí?

Revisa a su alrededor y ve las huellas del caballo por todo el lugar.

- Qué buen amigo tengo- se dijo la oveja- seguro que mi amigo el caballo me dejó esto para comer. Pero… yo ya comí…mejor le llevo esta zahanora al venado que debe estar hambriento.

Cuando la oveja llegó a la casa del venado tocó la puerta y gritó:

- ¡Venado, abre, te he traído una zanahoria!

Pero el venado no estaba en su casa. La oveja  dejó la zanahora en la puerta y se fue a su casa.

Cuando el venado llegó a su casa vió la zanahora en la puerta y dijo:

- ¿Pero quién habrá dejado esta zanahoria aquí?

Revisa a su alrededor y ve las huellas de la oveja por todo el lugar.

- Qué bueno amigo tengo- se dijo el el venado- seguro que mi amiga la oveja me dejó esto para comer. Pero.. yo ya comí…mejor le llevo esta zahanora al conejito que debe estar hambriento.

Cuando el venado llega a la casa del conejo tocó la puerta y gritó

- ¡Conejo, abre, te he traído una zanahoria!

Pero el conejo no estaba en su casa. El venado dejó la zanahoria en la puerta y se fue a la su casa.

Cuanod el conejito llegó a su casa vió la zanahoria en la puerta y dijo:

-  ¡Ay! Qué  buenos amigos tengo.


Fin.

lunes, 24 de abril de 2017

EL CUERVO ROBA EL SOL
(Cuento popular de Alaska)
(Ilustración - Fuente: Internet)



Hace mucho tiempo, mucho tiempo, los hombres vivían en la oscuridad, pues no había estrellas ni luna ni sol, y la única luz que se conocía era la de las fogatas.
Por aquel entonces el cuervo era totalmente blanco, desde la punta de las garras hasta la punta de las alas.
El cuervo sabía que le jefe de la tribu guardaba el sol, la luna y las estrellas en tres inmensos cofres de madera labrados y pintados de amarillo, de blanco y de azul respectivamente.
Los cofres estaban custodiados en el centro de la casa del jefe, y nadie podía acercarse a ellos. Ni siquiera su esposa o su hija.
Una tarde el cuervo se posó sobre el tido de la chimenea de la cabaña y escuchó el lamento del jefe de la tribu. le decía a su esposa que se sentía viejo y que le apenaba sobremanera comprobar que su hija no tenía descendencia. Deseaba un nieto, y temía morir y que su linaje se perdiera.
En ese mismo instante, el cuervo blanco tuvo una feliz idea. Se convirtió en un bebé y se colocó a la entrada de la casa. El jefe oyó un llanto, abrió la puerta y grande fue su sorpresa al encontrarse con un niño.
Lo tomó amorosamente en sus brazos, lo llevó cerca de la chimenea y pidió que le trajeran leche.
Era tan intenso su deseo de tener un nieto que le pareció que ese pequeño se lo enviaban los dioses.
En su regocijo, no le importó ni el origen del bebé ni su insistente llanto; él lo cuidaba y lo abrazaba con ternura como si fuera sangre de su sangre.
Pasados unos meses, el niño empezó a dar su primeros pasos y a descubrir el mundo que lo rodeaba. Una mañana que no cesaba de llorar, el niño señaló el cofre azul.
Sería jugar con él, y el jefe, para complacerlo, se lo permitió.
En un segundo, el niño abrió el cofre y las estrellas saliendo y se posaron en el firmamento. El abuelo lo vio tan contento que nada dijo.
Al día siguiente, el niño volvió a llorar y a encapricharse con el segundo cofre, que era el de color blanco.
Con tal de verlo feliz, el abuelo le permitió también jugar con él y el niño lo abrió. Embelesado, el niño pudo contemplar el círculo plateado de la luna subiendo al cielo; el abuelo se emocionó al mirar el reflejo luminoso en los ojos del niño.
Faltaba el último cofre, al que el jefe de la tribu apreciaba más que ninguna otra cosa.
El niño comenzó a llorar y el abuelo intentó distraerlo con sus juguetes. El niño insistía en que quería abrir el cofre amarillo y el abuelo no tuvo corazón para negárselo. Cuando las pequeñas manos destaparan el último cofre, el sol, como una inmensa burbuja de fuego, empezó a escalar el cielo, dando su luz y su calor sobre la tierra.
En el momento en que el sol ascendía al cielo, el niño se convirtió nuevamente en cuervo y el jefe comprendió el engaño. Sintiéndose burlado, intentó atrapar al pájaro blanco y éste se metió en la chimenea, subió por el tiro y se cubrió de hollín.
¡Cuál no sería la sorpresa del cuervo al ver, a la luz del sol, que todo su plumaje y también su largo pico se había vuelto de color negro azabache!
Pero  el cuervo no le importó. 
Se sentía feliz por haber cumplido su misión en la tierra: los hombres disfrutarían de la luz y de la calor del astro rey todos los días, la luz de la luna por las noches y el titilar de las estrellas y ningún jefe podría atesorar para sí mismo estos regalos de los dioses.

miércoles, 1 de marzo de 2017

EL GATO CON BOTAS
(Cuento popular europeo)
(Ilustraciones – Fuente : Internet)



Érase una vez un molinero que tenía tres hijos. El hombre era muy pobre y casi no tenía bienes para dejarles en herencia. Al hijo mayor le legó su viejo molino, al mediano un asno y al pequeño, un gato.
El menor de los chicos se lamentaba ante sus hermanos por lo poco que le había correspondido.

– Vosotros habéis tenido más suerte que yo. El molino muele trigo para hacer panes y tortas y el asno ayuda en las faenas del campo, pero ¿qué puedo hacer yo con un simple gato?

El gato escuchó las quejas de su nuevo amo y acercándose a él le dijo:

– No te equivoques conmigo. Creo que puedo serte más útil de lo que piensas y muy pronto te lo demostraré. Dame una bolsa, un abrigo elegante y unas botas de mi talla,  que yo me encargo de todo.

El joven le regaló lo que le pedía porque al fin y al cabo no era mucho y el gato puso en marcha su plan. Como todo minino que se precie, era muy hábil cazando y no le costó mucho esfuerzo atrapar un par de conejos que metió en el saquito. El abrigo nuevo y las botas de terciopelo le proporcionaban un porte distinguido, así que muy seguro de sí mismo se dirigió al palacio real y consiguió ser recibido por el rey.

– Majestad, mi amo el Marqués de Carabás le envía estos conejos – mintió el gato.

– ¡Oh, muchas gracias! – respondió el monarca – Dile a tu dueño que le agradezco mucho este obsequio.

El gato regresó a casa satisfecho y partir de entonces, cada semana acudió al palacio a entregarle presentes al rey de parte del supuesto Marqués de Carabás. Le llevaba un saco de patatas, unas suculentas perdices, flores para embellecer los lujosos salones reales… El rey se sentía halagado con tantas atenciones e intrigado por saber quién era ese Marqués de Carabás que tantos regalos le enviaba mediante su espabilado gato.

Un día, estando el gato con su amo en el bosque, vio que la carroza real pasaba por el camino que bordeaba el río.

– ¡Rápido, rápido! – le dijo el gato al joven – ¡Quítate la ropa, tírate al agua y finge que no sabes nadar y te estás ahogando!

El hijo del molinero no entendía nada pero pensó que no tenía nada que perder y se lanzó al río ¡El agua estaba helada! Mientras tanto, el astuto gato escondió las prendas del chico y cuando la carroza estuvo lo suficientemente cerca, comenzó a gritar.

– ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Mi amo el Marqués de Carabás no sabe nadar! ¡Ayúdenme!

El rey mandó parar al cochero y sus criados rescataron al muchacho ¡Era lo menos que podía hacer por ese hombre tan detallista que le había colmado de regalos!

Cuando estuvo a salvo, el gato mintió de nuevo.

– ¡Sus ropas no están! ¡Con toda esta confusión han debido de robarlas unos ladrones!

– No te preocupes – dijo el rey al gato – Le cubriremos con una manta para que no pase frío y ahora mismo envío a mis criados a por ropa digna de un caballero como él.

Dicho y hecho. Los criados le trajeron elegantes prendas de seda y unos cómodos zapatos de piel que al hijo del molinero le hicieron sentirse como un verdadero señor. El gato, con voz pomposa, habló con seguridad una vez más.

– Mi amo y yo quisiéramos agradecerles todo lo que acaban de hacer por nosotros. Por favor, vengan a conocer nuestras tierras y nuestro hogar.

– Será un placer. Mi hija nos acompañará – afirmó el rey señalando a una preciosa muchacha que asomaba su cabeza de rubia cabellera por la ventana de la carroza.

El falso Marqués de Carabás se giró para mirarla. Como era de esperar, se quedó prendado de ella en cuanto la vio, clavando su mirada sobre sus bellos ojos verdes. La joven, ruborizada,  le correspondió con una dulce sonrisa que mostraba unos dientes  tan blancos como perlas marinas.

– Si le parece bien, mi amo irá con ustedes en el carruaje. Mientras, yo me adelantaré para comprobar que todo esté en orden en nuestras propiedades.

El amo subió a la carroza de manera obediente, dejándose llevar por la inventiva del gato. Mientras, éste echó a correr y llegó a unas ricas y extensas tierras que evidentemente no eran de su dueño, sino de un ogro que vivía en la comarca. Por allí se encontró a unos cuantos campesinos que labraban la tierra. Con cara seria y gesto autoritario les dijo:

– Cuando veáis al rey tenéis que decirle que estos terrenos son del Marqués de Carabás ¿entendido? A cambio os daré una recompensa.
Los campesinos aceptaron y cuando pasó el rey por allí y les preguntó a quién pertenecían esos campos tan bien cuidados, le dijeron que eran de su buen amo el Marqués de Carabás.

El gato, mientras tanto, ya había llegado al castillo. Tenía que conseguir que el ogro desapareciera para que su amo pudiera quedarse como dueño y señor de todo. Llamó a la puerta y se presentó como un viajero de paso que venía a presentarle sus respetos. Se sorprendió de que, a pesar de ser un ogro, tuviera un castillo tan elegante.

– Señor ogro – le dijo el gato – Es conocido en todo el reino que usted tiene poderes. Me han contado que posee la habilidad de convertirse en lo que quiera.

– Has oído bien – contestó el gigante – Ahora verás de lo que soy capaz.
Y como por arte de magia, el ogro se convirtió en un león. El gato se hizo el sorprendido y aplaudió para halagarle.

– ¡Increíble! ¡Nunca había visto nada igual! Me pregunto si es capaz de convertirse usted en un animal pequeño, por ejemplo, un ratoncito.

– ¿Acaso dudas de mis poderes? ¡Observa con atención! – Y el ogro, orgulloso de mostrarle todo lo que podía hacer, se transformó en un ratón.

¡Sí! ¡Lo había conseguido! El ogro ya era una presa fácil para él. De un salto se abalanzó sobre el animalillo y se lo zampó sin que al pobre le diera tiempo ni a pestañear.

Como había planeado, ya no había ogro y el castillo se había quedado sin dueño, así que cuando llamaron a la puerta, el gato salió a recibir a su amo, al rey y a la princesa.

– Sea bienvenido a su casa, señor Marqués de Carabás. Es un honor para nosotros tener aquí a su alteza y a su hermosa hija. Pasen al salón de invitados. La cena está servida – exclamó solemnemente el gato al tiempo que hacía una reverencia.

Todos entraron y disfrutaron de una maravillosa velada a la luz de las velas. Al término, el rey, impresionado por lo educado que era el Marqués de Carabás y deslumbrado por todas sus riquezas y posesiones,  dio su consentimiento para que se casara con la princesa.
Y así es como termina la historia del hijo del molinero, que alcanzó la dicha más completa  gracias a un simple pero ingenioso gato que en herencia le dejó su padre.

Fin.