jueves 2 de febrero de 2012

El Lago Wakatipu

(Cuento de Nueva Zelanda)

(Adaptación del libro “Cuentos para antes de dormir de todo el mundo” de Silvia Dubovoy)

(Ilustración: http://elbolsillodecelia.blogspot.com/ - Fuente: Internet)


Cuentan que hace muchos años existió una princesa muy hermosa llamada Manata, de largo pelo rizado y enormes ojos negros. Ella estaba enamorada del joven Matakauri.


Pero lamentablemente el amor de los dos jóvenes no tenía la aprobación del padre de Manata, Rey del poblado.


Cada vez que Manata le hablaba del amor que sentía por Matakauri el rey decía:

- ¡Yo decidiré quién será tu esposo!.

Cierta mañana, la princesa desapareció y todos salieron a buscarla. Matakauri encontró una gigantesca huella de un pie en el lodo.

- ¡El gigante Matau la ha raptado! – gritó.

Desconsolado, el rey reunió a sus súbditos en la gran plaza y habló así:

- Deseo más que nada en el mundo que mi hija vuelva a casa. Aquél que me la devuelva, podrá casarse con ella.

Muchos jóvenes admiraban la belleza y la bondad de la princesa, pero ninguno de ellos quiso arriesgarse a perder la vida en un enfrentamiento con Matau, cuya fama era terrible. Sólo Matakauri se atrevió a salir en busca de su amada y se encaminó a las montañas donde vivía el gigante.

El corazón y los pies del joven volaban. Sabía que en cualquier momento podría aparecer Matau.

De pronto, encontró a Manata atada a un árbol lleno de espinas, herida y apesadumbrada por su desgracia.

Matakauri corrió a rescatarla.

- ¡Manata, alégrate! ¡Soy Matakauri y he venido a rescatarte y llevarte a casa!

- ¡No podrás y pondrás tu vida en peligro inútilmente! Vete de inmediato; si el viento del noroeste empieza a soplar, Matau despertará y te matará.

Matakauri intentó cortar con su hacha las ataduras de la joven pero no lo consiguió. Dejó caer con fuerza el hacha una y otra vez pero ésta rebotó y rebotó. Entonces, los ojos de Manata se llenaron de lágrimas.

-¡No podrás, vete¡ ¡Huye antes de que Matau despierte!

Las lágrimas rebosaron de sus ojos y al resbalar por sus mejillas y caer sobre las ataduras, deshicieron los nudo irrompibles.

El joven ayudó entonces a liberar también el cuerpo de su amada de entre las espinas y los dos corrieron al río. En una canoa navegaron corriente abajo, hasta llegar al palacio real. Nunca la felicidad del padre fue tan grande.

- ¡Matakauri, puedes tomar a mi hija como esposa – dijo satisfecho el rey – Sin duda, eres el más valiente de los guerreros!.

La pareja estaba dichosa con la noticia pero el joven todavía tenía un pesar. No podría descansar hasta que el peligro del gigante acabara y dejara de atemorizar el reino.

Así que Matakauri salió del pueblo, se encaminó por los valles hasta las montañas, vio el árbol de espinas y , cerca de allí, encontró al terrible gigante dormido. Era tan inmenso que su cabeza descansaba sobre una montaña y sus pies sobre otra.

Matakauri reunió durante tres días pasto, ramas y hojas secas; cuando el viento del noroeste sopló y el gigante aún dormía, encendió fuego y el viento creó una gran hoguera.

Matau fue consumido por las llamas y en el lugar donde había estado dormido sólo quedó un gran hueco que hizo su cuerpo.

Cuando llueve, el hueco se llena hasta los bordes, y así ha surgido un lago.

Dicen que bajo la superficie del lago aún late el corazón del gigante. Por eso las aguas del lago Wakatipu suben y bajan constantemente igual al latido del corazón del gigante y las gentes de Nueva Zelanda recuerdan hasta el día de hoy a Matakauri, cuyo amor fue tan grande que derrotó a un gigante.

miércoles 4 de enero de 2012

El Castigo del Jefe

(Cuento popular africano

Del libro: “El círculo de la choza” – Ediciones Gaviota)

(Ilustración - Fuente: Internet)

Había una vez un joven que decidió ir a recorrer el mundo. Entró al servicio de un comerciante de tejidos, y al cabo de un año había ganado tanto dinero, que era un hombre rico.

El comerciante tenía una hija muy bella y el joven decidió tomarla por esposa.

- Puedes casarte con ella – dijo el comerciante – Sé que eres rico y que tienes dinero suficiente para pagármela.

El joven se puso contentísimo, aunque el comerciante exigía mucho dinero, en realidad todo el dinero que poseía. Pero la muchacha era tan hermosa, que pagó la suma pedida y se fue con ella a su aldea natal.

Al jefe de la aldea le gustó mucho aquella joven y decidió apropiársela.

Entonces llamó al joven y le dijo:

- Mientras te fuiste a ganar dinero, los demás tuvieron que hacer tu trabajo, y ahora debes recuperar el tiempo perdido. Antes de que acabe el día, tienes que talar los árboles de este bosque, quemarlos y hacer el suelo fértil con las cenizas. Si no lo haces, ¡La muerte te espera!

El joven volvió triste y abatido y contó a su mujer la dura tarea que el jefe le había encargado.

- ¡No podría hacerlo ni en una semana! - exclamó el joven.

Pero su esposa que era tan inteligente como bella le dijo:

- Es fácil, coge una gran cantidad de terminas, pon unas cuantas al pie de cada árbol y ya verás.

El joven siguió el consejo de su esposa y, antes de que el día hubiera terminado, las termitas se habían comido el bosque entero. Entonces el joven hizo una gran fuego, y el jefe no pudo sino preguntarse cómo había podido terminar en tan poco tiempo. Así que no le quedó mas remedio que aceptar el trabajo.

Unos días más tarde, el jefe convocó de nuevo al joven y le dijo:

- He escrito una carta a nuestros antepasados que están en el infierno la cual dice: “¡Mis saludos, venerables antepasados que estáis en el infierno”! ¿Cómo se encuentran? Nosotros, muy bien. Saldos a todos”. - y luego agregó - Tú se las llevarás.

- ¡Pero no conozco el camino! – contestó el joven angustiado.

- Vamos a cavar un gran agujero y a meterte dentro. Luego lo llenaremos nuevamente de tierra y encontrarás el camino, de un modo u otro.

El joven volvió a su casa todavía más triste que antes y dijo a su mujer la difícil misión que el jefe le había encomendado.

- ¡Me ahogaré bajo tierra! – grito desesperado.

- Es fácil de remediar – dijo su esposa con calma -. Lleva un topo contigo. Excavará un camino hacia el exterior y sólo tendrás que seguirlo.

Entonces el joven cogió un topo en el campo y se lo metió en el bolsillo y cuando lo echaron al agujero, el joven sacó al topo y éste excavó rápidamente un camino hacia el exterior. El hombre le siguió y pronto estuvo al aire libre.

Se escondió entre la melaza hasta que todos hubieron vuelto a la aldea y regresó a su casa.

- ¿Has visto qué consejo tan bueno te di? – dijo su esposa.

- Estupendo – respondió el joven – Pero ahora, ¿qué voy a hacer?, el jefe me matará si no le llevo nada.

- Vamos a escribir una carta con la firma de los antepasados que están en el infierno y se la llevarás al jefe.

Y la joven esposa se sentó y escribió en un trozo de papel: “¡Saludos, Oh, jefe! Nosotros, que estamos en el infierno, te enviamos millones de saludos. Nos encontramos muy bien y seríamos dichosos si vinieras a visitarnos”.

Al día siguiente el hombre llevó la carta al jefe:

- Ya estoy de vuelta – dijo -, y te traigo esta carta de parte de nuestros antepasados.

El jefe le escuchó sorprendido y, al leer el mensaje, frunció el ceño. No tenía ninguna gana de ir al infierno, pero lo le quedaba más remedio que obedecer.

Los habitantes de la aldea le hicieron bajar al agujero, lo cubrieron con tierra y esperaros para ver lo que iba a pasar. Esperaron un día, esperaron una semana, esperaron un mes, esperaron medio año, pero no volvió a haber noticia alguna del jefe.

- Probablemente ha debido de quedarse allí – decidieron al fin, y convirtieron al hombre que tenía una esposa inteligente y bella en su nuevo jefe.



jueves 1 de diciembre de 2011

El Hombre que tenía mala suerte

(Cuento popular)

(Ilustración: Selma Mandine

Fuente: Internet)

Érase una vez un hombre que siempre decía que tenía mala suerte. Y de hecho la tenía, ya que todos sus emprendimientos fracasaban.


Los años iban pasando y aunque se esforzaba mucho, todo resultaba en vano... seguía teniendo mala suerte.


Cuando sembraba el campo, caía una terrible sequía, cuando no, llovía durante mucho tiempo y todo se arruinaba.

Y así pasaron muchos años hasta que empezó a pensar de verdad en su situación.
 Después de darle muchas vueltas durante un buen rato, llegó a la conclusión de que necesitaba ayuda.
 Y... quién sería más indicado para prestársela que el propio Creador.

Dios indudablemente podía darle la porción de buena suerte que, según él, le faltaba.


Así, el hombre decidió ir a ver al Creador para pedirle que le cambiara su mala suerte.

Esa noche, guardó en un atado todo lo necesario para el viaje y se acostó.
 A la mañana siguiente se puso en marcha. 
…Y caminó, caminó y caminó durante mucho, mucho tiempo.


Al cabo de algunos días, llegó a la selva. Abriéndose paso entre la maleza, de pronto escuchó una voz estridente:


- "¡Auuuuuuuu.... Auuuuuuuu!". Asombrado, el hombre que tenía mala suerte buscó el origen de esa voz pensando que a lo mejor alguien podía estar necesitando su ayuda. Después de tanto buscar encontró a un lobo y ¡cómo estaba el pobre animalito!
 Se le podían contar las costillas y su pelaje caía a mechones; daba lástima verlo.


- “¿Qué te pasa, Lobo?” - dijo el hombre que tenía mala suerte.
El Lobo contestó, temblando:

- “Estoy mal, de un tiempo a esta parte todo me sale mal. No tienes más que observar mi aspecto...”


- “¡No! No me cuentes nada más - dijo el hombre - porque yo también tengo mala suerte. Por eso voy a ver al Creador y le pediré que me dé mi porción de buena suerte”.


- “¡Al Creador! - exclamó el lobo - Por favor, si encuentras al Creador pídele también un consejo para mí”.


- “Bueno, trataré de recordarlo - dijo el hombre sin suerte, ya dándose vuelta - pero ahora me voy, pues tengo mucho camino por delante”.

Y caminó, caminó y caminó, mucho, pero mucho tiempo. 
Por fin llegó hasta una sabana. Hacía mucho calor. El sol quemaba y la sabana parecía no tener fin. 


- “Ay, qué no daría yo por un poco de sombra!”, - pensó el hombre.
 Nada más pensarlo, y vio a lo lejos un árbol. Llegó hasta él y se recostó a descansar apoyándose en su tronco. Apenas cerró los ojos, oyó una voz:


- “¡Oooooooohh! ¡Ooooooooohh!”
- Sobresaltado, el hombre que tenía mala suerte abrió los ojos pero no pudo ver a nadie quejándose. Nuevamente se recostó, y.... ¡otra vez escuchó aquella voz!


- “¡Oooooooohh! ¡Ooooooooohh!”. 
 Así sucedió varias veces, sin poder descubrir de dónde procedían aquellos quejidos. Hasta que por fin se le ocurrió preguntar:
- “¿Eres tú, Árbol?”


- “Sí, soy yo”.
- contestó el árbol.

- “¿Qué te pasa?”
- preguntó el hombre que no tenía suerte.

- “¡No lo sé! De un tiempo a esta parte, todo me sale mal. ¿No ves mis ramas torcidas y mis hojas marchitas?”


- “¡No sigas! Ya sé de qué me estás hablando. Yo también tengo mala suerte; por eso voy a pedirle al Creador que me la cambie.


Entonces el árbol alzó sus ramas y dijo:

- “Por favor, pídele también un consejo para mí”.


- “Bueno, bueno, si me acuerdo lo haré”- alcanzó a decir el hombre, antes de marcharse.
…

Y caminó, caminó y caminó, mucho, mucho tiempo.
 Hasta que empezó a adentrase en unos cerros que habían más allá de la sabana. Y desde allí avistó un maravilloso valle que resplandecía tras una colina. Parecía un paraíso: estaba cubierto de árboles, flores, prados, un riachuelo, pájaros... Bajando al valle descubrió, en medio de aquel precioso paisaje, una casa muy acogedora como de cuento. Se acercó y vio que en la terraza, delante de la casa, una mujer muy hermosa parecía esperarle, pero la mujer tenía los ojos muy tristes.


- “Hola - dijo la mujer -. Pase, se lo ve muy cansado”. 
 El hombre aceptó de buen grado. Pasaron una velada muy especial. Tomaron una comida sabrosa y se contaron muchas cosas.


- “Te noto triste” - observó el hombre.


- “Sí, es verdad” - respondió ella – “De un tiempo a esta parte no me siento bien. Vivo en este lugar maravilloso y, sin embargo, siento que algo me falta”.


- “¡No sigas! Conozco la sensación - manifestó él -, por eso voy a ver al Creador para que me cambie la suerte”.


Ella abrió grandes los ojos y exclamó:

- “¡Si lo encuentras, dile que te dé un consejo para mí”.
 A la mañana siguiente, el hombre prosiguió su viaje.
… Y caminó, caminó y caminó, mucho, mucho tiempo. 
 Al cabo de muchos días llegó al Fin del Mundo. Se asomó. Miró hacia abajo, a la derecha, a la izquierda y hacia arriba, pero no distinguió nada. Sólo había estrellas. De repente, una nube se detuvo frente a él, tomando la forma de la cara de un hombre.


- “¿Tú eres el Creador?”- preguntó el hombre.
 Escuchó entonces una voz, muy cerquita suyo, que le respondió:

-“Sí, yo soy”.
 Dijo la voz.

- “Tú sabes que las cosas me van mal y he venido para pedirte que cambies mi suerte”.


- “Eso me parece un poco raro, yo nunca mando a nadie sin suerte al mundo, pero está bien. No te preocupes” - dijo la Voz - “Estoy de acuerdo. Sólo hay una sola cosa que debes de hacer: tienes que estar muy atento, alerta y muy pendiente y buscar tu buena suerte porque la tienes justo frente a ti”.


El hombre se puso muy contento y se despidió rápidamente. Quería llegar cuanto antes a su casa para ver si su suerte había cambiado realmente. 
…Y corrió, y corrió y corrió durante mucho tiempo.
 Hasta que llegó al valle. Estaba pasando de largo frente a la casa, cuando la mujer lo vio y lo llamó.


- “¡Eh! ¡Ven aquí! Cuéntame lo que ha pasado”.


- “He visto al Creador y me ha prometido mi suerte. Sólo me pidió que estuviera atento, alerta y muy pendiente porque mi suerte la tender frente a mi. Ahora tengo que irme porque no sea que se pase de largo”.


- “Un momento- pidió ella -¿Y no te ha dado un consejo para mí?”.


- “A ver...a ver si recuerdo... ¡Ah! Sí. Me dijo que lo que te faltaba era un hombre, un compañero que compartiera la vida contigo aquí en este valle”.


Con estas palabras, la cara de la mujer se iluminó y exclamó:


- “¡Sí! ¡Sí, eso es! Oye..y ¿quieres ser tú ese hombre?”


- “Me gustaría mucho- contestó él - pero no puedo. Tengo que seguir mi camino y buscar mi buena suerte, Dios me dijo que tenía que estar atento, alerta y muy pendiente. Adiós, me voy corriendo”.
…

Y corrió y corrió y corrió durante mucho tiempo.
 Después de varios días, llegó nuevamente a la sabana. Al pasar corriendo junto al árbol, éste lo detuvo y le interrogó:


- “¿Qué ha pasado, buen hombre?”.


Nuevamente el hombre relató su historia y nada más terminarla quiso salir corriendo; pero el árbol le preguntó:


- “¿Y para mí? ¿Para mí no te dio ningún consejo?”


- “A ver... a ver... Ah! Sí – recordó el hombre -. Me dijo que debajo de tus raíces había un enorme tesoro que te impide crecer. Lo único que tienes que hacer es desenterrar el tesoro y todo te irá bien nuevamente”.


Después de responder al árbol, el hombre quiso salir corriendo. Pero nuevamente el árbol lo detuvo:


- “Mira, yo no puedo sacar ese tesoro. Si tú lo quieres hacer por mí, te lo puedes llevar... A mí no me sirve y lo único que necesito es que mis raíces se alimenten de la tierra para poder volver a crecer”.


- “Me encantaría ayudarte, pero tengo que seguir mi camino y buscar mi buena suerte. Dios me dijo que tenía que estar atento, alerta y muy pendiente. Lo siento, adiós”. – dijo el hombre, en tanto se alejaba de allí.
…

Y corrió y corrió y corrió durante mucho tiempo.
 Llegó nuevamente a la selva y en cuanto entró en ella, comenzó a escuchar aquellos temibles quejidos del lobo. Quiso pasar de largo, pero el lobo lo llamó.
 Entonces el hombre le contó su historia y se dispuso a marcharse, pero el lobo le preguntó:


- “¿Y para mí... ¿Para mí no te dio el Creador un consejo?”


- “A ver... a ver... si lo recuerdo...¡Ah! sí, me dijo que para ponerte fuerte nuevamente, sólo tienes que hacer una cosa: comerte a la criatura más estúpida 
de la tierra y todo te irá bien.


Entonces el lobo se levantó con sus últimas fuerzas, se abalanzó sobre el hombre y...¡LO DEVORÓ!


jueves 3 de noviembre de 2011

Los Cinco Hermanos

(Cuento popular chino)

(Ilustración: Luisa Audit

Fuente: Internet)

Una vez hubo en China cinco hermanos que parecían idénticos.

El primer hermano se podía tragar el mar.

El Segundo hermano tenía el cuello de hierro.

El tercer hermano podía estirar sus piernas kilómetros y kilómetros.

El cuarto hermano no podía ser quemado.

El quinto hermano era capaz de contener la respiración eternamente.

El pasatiempo favorito del primer hermano era la pesca.

Un día un niño le preguntó si podía ir a pescar con él.

Pero el primer hermano le dijo que no.

El muchachito deseaba tanto ir que se lo pidió insistentemente. Y tanto le pidió el niño que este finalmente le permitió acompañarle.

- Pero con una condición – dijo el hermano - Cuando te haga una señal, debes regresar de inmediato.

- Así lo haré, lo prometo. - dijo el chico.

Mientras el hermano y el muchacho caminaban hacia la playa, el hermano mayor recordó al chico su promesa:

- Cuando te haga una señal, debes volver de inmediato.

- ¡Así lo haré! - volvió a prometer el muchacho.

Entonces, abriendo la boca todo lo que pudo, ¡el primer hermano se tragó el mar de un sorbo inmenso!. El fondo del mar se extendió ante ellos, revelando todos sus tesoros de peces y caracolas. El muchacho empezó a recoger las más preciosas de aquellas maravillas, “las caracolas”.

Ahora bien, retener el mar en la boca es un trabajo muy pesado, así que cuando sus mejillas empezaron a hincharse, el hermano hizo una señal al chico para que volviera a la playa. Pero el muchacho estaba demasiado ocupado buscando caracolas raras como para reparar en ello.

El hermano agitó sus brazos en el aire, pero el chico no regresó tampoco.

El hermano notaba que el mar crecía por momentos en su interior. No lo podría retener mucho tiempo mas.

Desesperado, gesticuló como un loco; pero el chico estaba demasiado lejos para ver sus señas. El mar empezaba a derramarse de la boca del hermano. Finalmente, con una enorme ola, el mar salió a raudales, y en un instante el muchacho desapareció.

Cuando el primer hermano volvió a casa sin el chico, los del pueblo no creyeron su historia. Fue condenado a que le cortaran la cabeza.

Al día siguiente, antes de la ejecución, el hermano pidió al juez que le permitiera despedirse de su madre antes de morir. El juez accedió.

Una vez en casa, se cambió por el Segundo hermano, que tenía el cuello de hierro.

Los habitantes del pueblo se congregaron para ver cómo el verdugo ejecutaba la sentencia. Pero cuando la espada cayó sobre el cuello reboto y se escuchó un ruido metálico. Una y otra vez, trató en vano el verdugo de cortarle la cabeza.

Los aldeano estaban muy enfadados. El hermano debía morir por su crimen, así que decidieron a que fuera ahogado.

Igual que antes, el Segundo hermano preguntó al juez si podía ir a despedirse de su madre antes de morir. El juez accedió.

Fue a su casa pero en su lugar regresó el tercer hermano, que podía estirar las piernas kilómetros y kilómetros. En una barca de remos, llevaron al tercer hermano a alta mar y le echaron por la borda. Primero se hundió bajo las olas; después sus piernas empezaron a estirarse y estirarse, hasta que sus pies se apoyaron en el fondo del mar y su cabeza quedó justo encima del agua.

Los aldeanos estaban aún más enfadados. ¿Cómo podrían castigar al hermano chino?. Tal vez podrían quemarle. Así que a la mañana siguiente prepararon una hoguera para quemarlo.

Por tercera vez, el hermano chino pidió al juez que le dejaran ir a despedirse de su madre antes de morir. El juez accedió. El tercer hermano se marchó y en su lugar volvió el cuarto hermano, el que no podía ser quemado.

Los aldeanos le ataron en medio de la hoguera, asegurándose de que no pudiera escapar. Encendieron el fuego y esperaron. Las llamas cubrieron por completo al cuarto hermano. Pero él permaneció en pie, en medio de la resplandeciente pira, sonriendo y pidiendo que añadieran más leña. Los aldeanos no podían creerlo.

¡Tenía que haber una forma de castigarle!.

-¡Asfixiémosle!- gritó un hombre entre la muchedumbre-. Si esto no da resultado es que es inocente.

El cuarto hermano preguntó al juez si podía ir a despedirse de su madre por última vez.

Se marchó el cuarto hermano y en su lugar regresó el quinto, el que podía contener la respiración eternamente.

Esta vez los aldeanos no querían correr ningún riesgo.

Llenaron un horno de ladrillos de una crema espesa, empujaron al hermano al interior del horno y sellaron todos los respiraderos.

- “Nadie puede sobrevivir a esto”.- dijeron los aldeanos.

Toda la noche vigilaron el horno. Al amanecer lo abrieron. Empujaron la puerta hacia un lado ¡y salió el quinto hermano!.

- ¡Ah! – bostezó éste - ¡Que estupendo sueño!

Los aldeanos desistieron. Lo habían intentado todo para castigar al hermano, pero nada había funcionado.

- Juzgamos que eres inocente - dijo el juez. - Te dejamos libre.

El hermano y su familia se alegraron mucho. Desde luego, los cinco hermanos eran inocentes. Fue culpa del chico su desaparición en el mar cuando pescaba.

Tenía que haber hecho lo que le dijeron, ¿no es cierto?.

domingo 9 de octubre de 2011

El Rey que no quería bañarse

(Cuento de Ema Wolf)

(Ilustración: Claudia Kleydhe en Flickr

Fuente: Internet)

Las esponjas suelen contar historias muy interesantes, el único problema es que lo cuentan en voz muy baja y para oírlas hay que lavarse muy bien las orejas. Una esponja me contó una vez lo siguiente: En una época lejana las guerras duraban mucho, un rey se iba a la guerra y tardaba treinta años en volver, cansado y sudado de cabalgar, y con la espada tinta en chunchulín enemigo.

Algo así le sucedió al rey Vigildo. Se fue a la guerra una mañana y volvió veinte años más tarde, protestando porque le dolía todo el cuerpo.

Naturalmente lo primero que hizo su esposa, la reina Inés, fue prepararle una bañera con agua caliente. Pero cuando llego el momento de sumergirse en la bañera, el rey se negó.

-No me baño –dijo- ¡No me baño, no me baño y no me baño!

La reina, los príncipes, la parentela real y la corte entera quedaron estupefactos.

-¿Qué pasa majestad? – Preguntó el viejo chambelán

- ¿Acaso el agua está demasiado caliente? ¿El jabón demasiado frío? ¿La bañera demasiado profunda?


-No, no y no –contestó el rey- pero yo no me baño nada.

Por muchos esfuerzos que hicieron para convencerlo, no hubo caso.

Con todo respeto trataron de meterlo en la bañera entre cuatro, pero tanto grito y tanto escándalo formo para escapar que al final lo soltaron.

La reina Inés consiguió cambiarle las medias, -¡las medias que habían batallado con el veinte años! - pero nada más.

Su hermana, la duquesa flora le decía:

-¿Qué te pasa Vigildo? ¿Temes oxidarte o despintarte o encogerte o arrugarte..?

Así pasaron días interminables. Hasta que el rey se atrevió a confesar:

- ¡Extraño las armas, los soldados, las fortalezas, las batallas! Después de tantos años de guerra, ¿Qué voy a hacer yo sumergido como un besugo en una bañera de agua tibia? Ademas de aburrirme, me sentiría ridículo.

Y termino diciendo en tono dramático:

- ¿Qué soy yo, acaso un rey guerrero o un poroto en remojo?

Pensándolo bien el rey Vigildo tenía razón. ¿Pero cómo solucionarlo? Razonaron bastante, hasta que al viejo chambelán se le ocurrió una idea. Mando hacer un ejército de soldados del tamaño de un dedo pulgar, cada uno con su escudo, su lanza, su caballo, y pintaron los uniformes del mismo color que el de los soldados del rey. También construyeron una pequeña fortaleza con puente levadizo y con cocodrilos del tamaño de un carretel, para poner en el foso del castillo.
 Fabricaron tambores y clarines en miniatura. Y barcos de guerra que navegaban empujados a mano o soplidos.

Todo esto lo metieron en la bañera del rey, junto con algunos dragones de jabón.

Vigildo quedo fascinado. ¡Era justo lo que necesitaba!

Ligero como una foca, se zambullo en el agua. Alineo a sus soldados, y ahí, no mas inicio un zafarrancho de salpicaduras y combate. Según su costumbre daba órdenes y contraordenes. Hacía sonar la corneta y gritaba:

-¡Avanzad mis valientes! Glup, glup. ¡No reculéis cobardes! ¡Por el franco izquierdo! ¡Por la popa…! Y cosas así.

La esponja me contó que después no había forma de sacarlo del agua.

También que esa costumbre quedó para siempre. Es por eso que todavía hoy, cuando los chicos se van a bañar, llevan sus soldados, sus perros, sus osos sus tambores sus cascos sus armas, sus caballos sus patos y sus patas de rana.

Y si no hacen eso, cuénteme lo aburrido que es bañarse.